Joyería

La existencia de metales preciosos en México dio origen a una fuerte tradición orfebre y joyera que data de la época prehispánica. Una de las más ricas herencias artísticas procede de las culturas indígenas de Oaxaca, en las que sobresale la tradición orfebre que distinguió a los mixtecos desde finales del siglo IX hasta principios del XVI en que se dio la Conquista. La técnica de fundición «de la cera perdida», que tanto impactó en Europa, iniciaba su trabajo moliendo finamente el carbón, el cual se mezclaba con un poco de arcilla, hasta formar una masa sólida y compacta; con ella se hacían discos delgados que servían como molde y se dejaban secar; cuando el carbón estaba seco y duro se grababa con todos los detalles que llevaría la joya. Es posible que se usaran, además de instrumentos de metal, algunas espinas muy finas y resistentes como las del maguey. El molde se rellenaba con cera de abeja, procediendo entonces a verter el metal en su estado líquido, lo que ocasionaba que la cera se escurriera por un orificio y en su lugar apareciera la reluciente joya. Cuando los españoles arribaron a las playas mexicanas recibieron bellos presentes enviados por Moctezuma y quedaron maravillados de la gran riqueza que se les ofrecía, así como de la habilidad de los orfebres que realizaron tales obras de arte, por lo que se despertó su interés por explorar el Nuevo Mundo a fin de encontrar los ricos yacimientos minerales. Con el descubrimiento de minas de plata a mediados del siglo XVI en los estados de Hidalgo, Zacatecas y Guanajuato, como se mencionó, se dio un fuerte impulso a la minería en la Nueva España, que a su vez marcó un severo retroceso en la industria de la joyería y la orfebrería, ya que los españoles utilizaron los metales para su exportación en bruto o como patrón de cambio con la emisión de monedas. Todavía peor fue el hecho de que el oro y la plata que los indígenas tenían fueron fundidos en lingotes, lo que impidió que se conservaran testimonios de la joyería mesoamericana, la única excepción es la de las piezas rescatadas en la Tumba 7 de Monte Albán, en Oaxaca. Como se explicó, un trabajo conocido en Mesoamérica era el de la cera perdida, pero pronto se conocieron y trabajaron técnicas como la filigrana, en la cual se utilizan alambres de metal dispuestos en diferentes espacios marcados por un armazón. En nuestros días, además de las técnicas tradicionales como la filigrana para la elaboración de joyería, así como las formas tradicionales y las copias de diseños prehispánicos o piezas inspiradas en ellos, tanto para la joyería como para la orfebrería, se recrea y revitaliza una nueva escuela con piezas de metales «casados» (cobre, latón y plata), en acabado mate o brillante, utilizando también hermosas combinaciones con piedras semipreciosas como amatista, turquesa, obsidiana, lapislázuli, ópalo y malaquita. Asimismo, se usa la concha de abulón (concha nácar) y las maderas finas como caoba, ébano y palo de rosa que, combinados con la plata, crean auténticos mosaicos en piezas ornamentales o de uso suntuario.